Pequeñas montañas, grandes paseos.

De vuelta a las montañas cercanas a mí ciudad me encuentro a sus habituales «inquilinos». Como siempre hay que molestar y alterar lo menos posible su tranquilidad.

Este año he empezado tarde y se me ha escapado lo más bonito del otoño, pero todavía detrás de la niebla quedan esos ocres que tanto me gustan.

Y como dándome la despedida hasta una próxima visita, este grupo de pottokas, ponis vascos,  agradecen que me vaya y les deje tranquilos.

No cambio estos lugares por ningún «ochomil» del mundo.

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