La pista.

Hace 25 años que hicieron esta pista de skate en mi barrio.

Nosotros, los hijos de las goitis y los sancheskis que nos arrojabamos sin miramientos por las cuestas más inverosímiles, veíamos una pista perfectamente asfaltada y con inclinaciones cortas pero de vértigo.

Las litronas y el heavy dejaban paso a Nirvana, Pearl Jam y otras sustancias más nocivas.
Algunos resistiamos con el punk y sucedáneos y mirábamos con estrañeza a esta gente que todo lo veía más negro que nosotros pero además no tenían intención de cambiar nada. Pasaban las horas haciendo skate y pensando que el futuro solo duraría hasta el día siguiente.

Como todos los chavales probé la pista, pero rápidamente comprobé que no era para mí. Era un espacio reducido y agónico donde los movimientos estaban limitados.
Finalmente volvimos a nuestras cuestas llenas de baches, que realmente se parecían a nuestras vidas. Cuesta, bache, caída y siempre algún amigo te levantaba.

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